• Lo que no quieres ver

    Toqué su hombro queriendo voltear su cuerpo hacía mi para verla. Huía. Inclinaba mi cabeza para poder observarla. Me evitaba. Llevaba treinta años sucediendo, cuarenta y ocho, cincuenta y siete, veinticinco, todas las edades del tiempo. 

    No es que no quisiera verme, es que simplemente le costaba. Dolía.

    Yo lo había notado hace un par de semanas, cuando levantando pesas en el gimnasio me di cuenta que veía la punta de mis hombros, veía mis manos elevando las pesas hasta mi pecho, veía un punto fijo para mantener la concentración, pero no podía sostenerme la mirada. Dolía. Me dolía. 

    Llevaba treinta y siete años sucediendo, diecinueve, setenta y ocho. Y ya no lo soportaba más. Pesaba. 

    Pesaba más que todos los escombros que arrastraba para buscar refugio, más que todas las lágrimas que almacenaba en el estómago, más que todas las letras que nunca armaron una frase, siquiera una palabra.   

    Las palabras.

    Nunca me había animado a hablarle. Yo simplemente esperaba que se abriera ante mí, así, sin más. Me faltaba ver más allá.

    Ir más allá. La miré y le hablé. Y desde sus escombros comenzó a emanar frases hiladas por el llanto. Y la vi. Por fin se mostró ante mí. 

    Me vio con sus grandes ojos marrones y cejas pobladas, y no tuve ninguna duda de que quería seguir viéndola hasta el fin de mis días. Era ella, la de aquí, la de allá, era yo, éramos todas. 

    Era la certeza de que ya no tendría que cargar con el peso del mundo sola. 

  • 2019

    Al girar por la calle quinta me percaté que
    durante los casi dos kilómetros que había recorrido desde Las Aguas hasta la Plaza de Bolívar,
    mi único pensamiento había sido ella.

    Me percaté porque a pesar de poseer los reflejos de una mosca,
    no pude evitar que se me cayera el corazón por la rendija de una alcantarilla.

    Justo ese día Elena me lo había devuelto.
    Llevaba el pelo suelto, un abrigo negro hasta los tobillos y botas, no hacía buen clima en Bogotá.
    La vi desde la cera del frente, corriendo para cruzar la calle.

    Correr, ese era su problema.
    Su afán más el impacto de un carro detuvieron a la atleta en potencia.
    Sentí morir.

    Elena poseía unas piernas de acero que yo desconocía.
    Nunca me detuve a detallarlas.
    Pensé que sería la última vez que la vería
    sin saber que sería la última vez que lo haría.

    Se levantó con la misma frescura y tranquilidad de quien se agacha a recoger un billete del suelo
    y terminó de cruzar la calle.
    Corriendo.
    No me sorprendía, así era Elena,
    cuando las circunstancias y el tiempo parecían derrotarla,
    ella se convertía en cronos y devoraba todo lo que había a su alrededor.